Hay una idea instalada de que a cierta edad ya no vale la pena empezar una terapia, que lo que hay es lo que hay. Es falsa, y deja a mucha gente sola con cosas que se podrían aliviar. La vejez trae desafíos propios y bastante concretos, y hay quienes se especializan justamente en eso.
Los motivos de consulta suelen ser específicos de esta etapa. Jubilarse, que para muchos no es descanso sino la pérdida de un lugar en el mundo. Los duelos, que se acumulan: la pareja, los amigos, los hermanos. La casa que se volvió grande o que hubo que dejar. La independencia que se achica —dejar de manejar, necesitar ayuda para cosas que siempre se hicieron solo— y lo que eso hace con la propia imagen. Y la soledad, que en esta etapa es de las cosas que más pesa y de la que menos se habla.
También aparecen consultas por miedo al deterioro. Olvidarse un nombre y quedarse toda la tarde pensando si es el principio de algo. Vale decir que no todo olvido es demencia: la ansiedad y la depresión también afectan la memoria y la concentración, y a veces lo que parece deterioro es un cuadro anímico que tiene tratamiento. Distinguirlo es parte del trabajo, y para eso existe la evaluación neuropsicológica.
Y hay algo que suele sorprender: a esta edad la terapia frecuentemente es más productiva, no menos. Hay una vida entera para mirar, menos tiempo perdido en aparentar y una honestidad que a los treinta cuesta más. No se trata de resignarse a la etapa, sino de poder vivirla.
Cuándo conviene consultar
Cuando la jubilación dejó un vacío que no sabés cómo llenar. Cuando después de una pérdida importante el ánimo no repunta con los meses. Cuando estás pasando la mayoría de los días sin hablar con nadie. Cuando aparecieron miedos nuevos: caerte, enfermarte, ser una carga. Cuando notás cambios en la memoria y querés saber qué está pasando en vez de vivir con la duda. También si sos familiar y ves a alguien apagándose: acompañar a consultar es un buen primer paso.