Criar es difícil y casi nadie lo dice en voz alta. Se habla mucho de lo hermoso y poco de lo agotador: la culpa permanente, la sensación de estar haciéndolo mal, el cansancio que no se va, la contradicción entre lo que uno se prometió que iba a hacer y lo que termina haciendo un martes a las nueve de la noche. Consultar por crianza no es señal de que seas mal padre o mala madre. Suele ser lo contrario.
Los motivos son de lo más variados. Un hijo que no duerme, berrinches que no sabés cómo frenar, un adolescente que se encerró y no habla, hermanos que se pelean todo el día, problemas en la escuela, pantallas, límites que ponés y no sostenés. También cosas menos visibles: darte cuenta de que le hablás a tu hijo igual que como te hablaban a vos y que eso no te gustaba nada.
En estos espacios se trabaja con los adultos, y muchas veces eso es lo más eficaz: los chicos responden a lo que pasa alrededor, y cambiar la forma en que se les responde suele mover más que cualquier cosa que se les pida a ellos. No se trata de aplicar una técnica ni de seguir un método de moda, sino de encontrar una manera de criar que sea posible para vos, con el tiempo, la energía y la historia que tenés.
Y hay algo que conviene desarmar temprano: la idea de que existe una crianza correcta. Hay muchas formas de criar bien, y ninguna se parece a lo que se ve en redes. La pregunta útil no es si lo estás haciendo perfecto, sino si tu hijo tiene con vos un lugar donde volver.
Cuándo conviene consultar
Cuando algo con tu hijo se repite y ya probaste todo lo que se te ocurrió. Cuando las escenas de todos los días —comer, dormir, la tarea, salir de casa— se volvieron una batalla. Cuando notás que reaccionás de maneras que después lamentás. Cuando en la pareja no se ponen de acuerdo sobre cómo criar y los chicos quedan en el medio. Cuando desde la escuela te dijeron algo que te preocupa. O simplemente cuando estás agotado y necesitás un lugar para pensar todo esto con alguien que no sea de la familia.
