Dormir mal cambia todo lo demás. El humor, la paciencia, la concentración, las ganas: todo se vuelve más difícil cuando venís de varias noches dando vueltas en la cama. Y el insomnio tiene una crueldad particular, que es que cuanto más te esforzás por dormir, más despierto estás. Es de los pocos problemas donde intentar resolverlo con voluntad lo empeora.
Hay muchas formas de dormir mal. Están quienes tardan horas en quedarse dormidos, quienes se despiertan a las cuatro de la mañana y ya no vuelven a pegar un ojo, y quienes duermen las horas pero se levantan como si no hubieran dormido nada. A veces hay una causa clara —una preocupación, un duelo, un cambio de trabajo, dolor físico— y a veces empezó por algo puntual que ya pasó, pero el insomnio se quedó por su cuenta.
Eso último es lo que más se trabaja en terapia: cómo la cama dejó de asociarse con dormir y pasó a asociarse con pelearse con el reloj. El abordaje psicológico del insomnio es bastante concreto y tiene buena evidencia detrás —se trabaja sobre los horarios, sobre qué se hace cuando no viene el sueño, y sobre los pensamientos que aparecen a las tres de la mañana—, y en muchos casos es más efectivo a largo plazo que la medicación sola.
Conviene decir algo más: dormir mal de manera sostenida a veces es la señal de otra cosa —ansiedad, un cuadro depresivo, consumo de alcohol, apneas— y vale la pena mirarlo entero. Si estás tomando medicación para dormir hace tiempo, no la suspendas por tu cuenta: cualquier cambio se hace acompañado y con quien te la indicó.
Cuándo conviene consultar
Cuando llevás varias semanas durmiendo mal y no repunta. Cuando la hora de acostarte se volvió un momento que temés. Cuando el cansancio te está afectando el trabajo, el manejo o el trato con la gente que querés. Cuando dependés de algo —pastillas, alcohol, la tele prendida— para poder dormirte. O cuando estás durmiendo bien pocas horas hace tanto que ya lo naturalizaste: no es normal y se puede trabajar.
