Elegir a qué dedicarse es una de las decisiones más difíciles que hay, y casi siempre llega en el peor momento: a los diecisiete, con presión de todos lados y con información escasa sobre cómo es realmente cada carrera o cada oficio. La orientación vocacional es un espacio para tomar esa decisión con más elementos y menos ruido.
No se trata de un test que devuelve un resultado. Esa es la imagen más común y también la más equivocada. El proceso combina algunas herramientas con algo bastante más importante: conversar en serio sobre qué te interesa, qué se te da bien, qué te imaginás haciendo todos los días, qué esperan los demás de vos y cuánto de eso querés vos. Muchas veces el trabajo pasa por separar tu deseo del mandato familiar, que es la parte que más pesa y de la que menos se habla.
Tampoco es solo para adolescentes. Cada vez consulta más gente de treinta, cuarenta o cincuenta años: personas que terminaron una carrera y nunca ejercieron, que están cansadas de un trabajo que ya no les dice nada, que quedaron afuera de un puesto y tienen que reinventarse, o que quieren estudiar algo por primera vez a una edad en la que supuestamente ya no se hace. Todos esos son procesos de orientación, y suelen ser muy productivos.
Y algo que alivia bastante: la decisión no es para siempre. Elegir algo no cierra el resto de las puertas, y cambiar de rumbo después no es fracasar. La idea del proceso no es acertar la respuesta correcta, es que puedas tomar una decisión que sientas tuya y con la que puedas seguir adelante.
Cuándo conviene consultar
Si estás por terminar el secundario y no tenés idea de qué seguir, o si tenés cinco opciones y no podés decidir. Si ya empezaste algo y sentís que te equivocaste pero te da culpa dejarlo. Si estás en un trabajo que te agota y no sabés hacia dónde moverte. Si querés estudiar algo nuevo y no sabés si estás a tiempo. También si la presión de tu familia sobre lo que "conviene" está tapando lo que a vos te pasa: ese es un buen motivo de consulta en sí mismo.
